Nadie mínimamente informado debería llamarse a engaño. El objeto o conjunto de objetos que tienes ante tus ojos, querida lectora, no es el ominoso escenario de los comunicados de la organización terrorista ETA. Se trata de una representación, y sólo eso, de dicho escenario, producida además en el extraordinario contexto del arte. Lo que cambia totalmente las cosas, como es bien sabido.
Cabe añadir que se trata de una representación tan sólo medianamente fiel. Una representación alterada e incompleta.
Procediendo al detalle, como en el juego de las diferencias. La enseña de la izquierda no es una ikurriña, sino otra bandera fabricada con unos retazos irregulares de tela verde y blanca, adheridos a uno de los lados de una tela mayor de color rojo. La primera bandera de la derecha no es la conocida como arrano beltza (águila negra), sino más bien una composición abstracta realizada con un paño de color negro de mediano tamaño sobre otro de un intenso color amarillo. La última bandera no es la de Navarra, sino un estandarte de nueva concepción y diseño en el que unos garabatos de color mostaza sustituyen a los característicos grafismos de la corona y las cadenas. Del anagrama o logotipo de ETA sólo queda su fondo ¿Y qué es un fondo sin figura? Simplemente una pintura abstracta, un elemento decorativo, «un cuadro moderno». Por último, ¿quién atribuirá la cabal representación del colorido escudo de Euskal Herria (el clásico Zazpiak bat), a la imagen que se adivina en una fotocopia en blanco y negro de una fotocopia de una fotocopia?
Representaciones, por tanto, de naturaleza icónica. Es decir, parciales, defectuosas. De un objeto perfectamente reconocible, al menos en nuestro contexto político, el escenario de los comunicados de ETA. Al que postulamos en su lejanía absoluta, completo y sin error. Perfecto pero en su perfección de cosa dándose a sí y sólo a sí misma, y no pretendiendo referirse a otra cosa parecida. Perfecto en su integridad de objeto o conjunto de objetos, original y único. O, en otras palabras, en su aura.
De lo que carece en cierto sentido este otro escenario. Materialización de un recuerdo fotográfico. Trabajada encarnación de un espectro (o más bien, del espectro de un espectro). Proceso en el cual parece que se han reproducido hasta los fallos de la memoria, hasta las desviaciones características del registro humano de la realidad. Lo que me lleva a pensar, por un momento, que el objeto primero de este escenario en tanto que signo, acaso sea el vago recuerdo de la imagen fotográfica que la artista contempló un día en un periódico. Y sólo de segundas aquella misma fotografía. Y sólo en última instancia, el escenario auténtico de los comunicados de ETA, que, por supuesto, la artista no conoce personalmente.
Únicamente el negativo original, la huella foto o videográfica, química o digital, donde quiera que se halle tal documento, clase de signo que detenta el carácter de índice, podría denotar directamente aquel escenario genuino, donde quiera que se encuentre tal cosa. Y no este otro escenario que tienes, lector, ante tus ojos. Falso de toda falsedad, simulacro declarado, pero, al menos, directamente aprehensible por los sentidos. Tridimensional, tangible, inmediato. Mejor en este aspecto que la fotografía o el videograma del que procede.
La paradoja del signo icónico que se nos ofrece aquí estriba, entonces, en que el conjunto de objetos (mesa, anagrama, escudo, banderas, etc.), que fácilmente se me alcanza en él, su plano de expresión o significante, resulta expresamente falso. Mientras que el objeto que debo alcanzar a través suyo, un referente completamente inaccesible y clandestino, del que sólo poseemos un degradado conocimiento fotográfico, debe considerarse, por contra, como verdadero.
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