Textos para «Babesik gabe / Sin refugio».

La cuestión.
Ocuparse, como artistas contemporáneos, como agentes de lo intempestivo (diría Giorgio Agamben), de la representación del ser humano, la figura central siempre, recortada en este caso sobre el fondo terrible de la violación universal de su derecho de asilo y refugio.

A un lado de las fronteras, o de las pantallas, las innumerables víctimas: el individuo, la familia, los grupos étnicos, naciones enteras incluso, escapando, dándose a la fuga. Al otro lado de las fronteras, o de las pantallas, nosotros, súbditos de naciones aparentemente prósperas y seguras, ciudadanos de países a los que hubiera correspondido ofrecer y dar refugio.

Es evidente que la cuestión de fondo es la guerra, que según la célebre definición de Von Klausewitz no es otra cosa que la política por otros medios. Unas naciones provocan las guerras, o se unen a ellas, en defensa de sus intereses geoestratégicos, y otras naciones o las mismas deben gestionar sus terribles consecuencias.

Queda para las familias la decisión más difícil: arriesgarse a la muerte, a la destrucción, o emprender el éxodo. Lo más inteligente es huir de la guerra, obviamente. El que escapa de un conflicto bélico debe abandonar un espacio anteriormente familiar, relativamente seguro, de repente asolado por una barbarie interminable e ilimitada. Tiene que abandonar toda posesión inmueble, toda posición en la vida, en busca de otro espacio geográfico, otro lugar en el que se presume la existencia de seguridad, en el que se piensa que aún se impone algún grado de civilización y empezar de nuevo.

Y en medio, una sucesión de fronteras, el producto histórico de nuestra gestión totalitaria del espacio, el resultado geopolítico de otras guerras más antiguas.

El fotoperiodismo.
Todas estas personas (hombres y mujeres de todas las edades) obligadas a realizar semejante travesía, desde una amenaza segura hacia una seguridad probable, en circunstancias terribles, se nos hacen presentes de repente en las portadas de todos los periódicos, de todos los telediarios, de todos «los muros» de facebook y twitter. Con el propósito de hacernos conscientes, o, como se dice ahora, de sensibilizarnos.

La sobredosis de imágenes insoportables con las que nos desayunamos todos los días, produce, sin embargo, el efecto contrario. En vez de movilización, en vez de compromiso, se genera lo que el sociólogo Leonidas Donskis ha caracterizado con el término adiaforosis: “… una retirada temporal de la propia zona de sensibilidad; la capacidad de no reaccionar o de reaccionar como si algo le ocurriera no a personas, sino a objetos físicos, a cosas, o a no humanos. Las cosas que pasan son insignificantes; no nos pasan a nosotros o no pasan con nosotros.” (Donskis, Leonidas. 2013. Ceguera Moral. La perdida de la sensibilidad en la modernidad líquida. Paidós, Barcelona, 2015).

De la serie "Impasibles". Colectivo REDIL Arte Político. Babesik Gabe / Sin refugio.
De la serie «Impasibles». Colectivo REDIL (Iñaki Larrimbe – Rubén Díaz de Corcuera). Babesik Gabe / Sin refugio. 2017.

¿Qué tienen de malo las fotografías?
Es difícil decir qué pasa con la imagen fotográfica, por qué no funciona como se espera. A través de las fotografías muchos creen alcanzar alguna clase de conocimiento. Gracias a las imágenes fotográficas (categoría a la que hacemos pertenecer también, el cine y el vídeo) nos parece que ya dominamos lo fundamental, o al menos lo suficiente, de estos asuntos.

Observamos en una fotografía, por ejemplo, el cuerpecito exánime, ensangrentado, cubierto de polvo, de una niña, en brazos de un hombre que corre aterrorizado en busca de auxilio. Es incomparable el nivel de detalle que es capaz de proporcionar una buena fotografía como esta. La capacidad universalmente reconocida a la fotografía es la de conectarnos a un suceso «real» (a pesar de la constante manipulación fotográfica, a pesar del uso fraudulento que se ha hecho históricamente de ella). Ante la fotografía asumimos fácilmente como verdad una mentira: que la realidad es como se da en la fotografía. Así es como se vería, concluimos, volviendo al ejemplo inicial, el cuerpo de una criatura que acabara de ser rescatada de debajo de una montaña de escombros tras un bombardeo. Exactamente como ahí se muestra.

La piedad que es capaz de suscitar esa imagen, no tiene, actualmente sin embargo, (no tiene por qué tampoco), ninguna consecuencia política, no estimula compromiso de ninguna clase. Por lo general esa piedad se extingue a la vez que la imagen de la que procede, vive su misma vida intensa pero efímera. Después de “informarnos” por medio de la imagen, sólo un poco después de haber “compadecido” sinceramente a sus protagonistas, lo habitual es que no hagamos nada. Al poco, pasaremos página, cambiaremos de canal o atenderemos a las nuevas y variadas informaciones que reclamen nuestra atención desde la pantalla.

No hacemos nada. En primer lugar, porque la imagen en sí no permite otra cosa que la recepción o contemplación de la propia imagen. Cuantas más imágenes menos influyentes resultan estas, menos capacidad de instarnos a realizar alguna clase de acción. La imagen se ha convertido en un producto ubicuo y mayoritario, un objeto de consumo masivo, de alta rotación y nulo residuo.

Lo malo, por tanto, no son las imágenes. Lo malo es el recurso constante a las imágenes, su uso continuo en la ingrata tarea de remover conciencias. Lo malo es el consumo necesariamente banal de un producto cada vez más abundante. No hacemos nada porque la imagen lo permite perfectamente.

No hacemos nada, finalmente, porque la política, que es la organización de la acción colectiva, ha adquirido la condición insuperable de actividad delegada (actividad delegada en nuestros opresores, los organizadores de nuestra existencia, claro). Hacer política es una función que, ya para siempre, corresponde a otros. En el gran reparto, a la mayoría nos ha tocado ejercer los absorbentes cometidos de producir y consumir.

Consumir y producir. También imágenes. Todos somos fotógrafos de pleno derecho en nuestros días. Hacer fotografías y distribuirlas de inmediato, para que un indeterminado destinatario, pueda consumirlas y distribuirlas a la misma velocidad y con la misma inconsecuencia, que nosotros, en otro lugar, en otro momento.

La cosificación del refugiado.
El efecto más notorio de las guerras, a las que podríamos definir como el paroxismo, el punto culminante de la actividad geopolítica global, son millones de seres humanos forzados a asumir la condición injustamente reductiva de buscadores de refugio o solicitantes de asilo.

Escribe a este respecto Hannah Arendt en un artículo de 1943 muy apropiadamente titulado Nosotros refugiados: “Ante todo, no nos gusta que nos digan refugiados”. (Arendt, Hannah, “We refugees”, en Robinson, Marc, Altogether Elsewhere. Writers on Exile. London).

La condición de refugiados, argumenta Arendt, no debería definir a las personas. Uno adquiere ese estigma a causa de la funesta eventualidad de haber nacido o vivir justo encima, o al lado, de una falla geopolítica, sobre la que cada cierto tiempo, inevitablemente al parecer, se producirán seísmos. Esa pertenencia es, por supuesto, involuntaria, no electiva. La pobre condición de buscadores de seguridad, que es sólo una circunstancia humillante, no puede arrogarse en absoluto la representación cabal y completa de algo tan valiosamente complejo, tan preciadamente irrepetible, como es, en general, un ser humano.

Las fronteras.
Las personas, en conclusión, han sido y son cosificadas, tratadas como objetos, siempre y en todo lugar.

Cosificadas por el orden político-económico dominante. Aquí y allí. Cosificadas en el ejercicio del poder que practica este orden dominante en el escenario geopolítico mundial (la competencia de las naciones por el control de los recursos más allá de sus fronteras). Cosificadas, convertidas en carne de cañón o de bomba, por la consecuencia más extrema de la geopolítica: la guerra. Cosificadas en última instancia por las imágenes, parte importante del espectáculo, de la ceremonia de la confusión, tras la que se ocultan esas instancias que hemos referido anteriormente: el orden político-económico, la extensión geopolítica de ese orden, la guerra.

Las fronteras son, en realidad, lo que define a los territorios que habitamos como espacios seguros, posibles lugares de refugio. Las fronteras definen un afuera y un adentro. Dentro de algunas fronteras nos sentimos perfectamente a salvo. ¿De qué o de quién? A salvo, obviamente, de las consecuencias que provocan más allá de nuestras fronteras las políticas de nuestros gobiernos, al servicio de las actividades extractivas de sus dueños, las empresas nacionales o transnacionales. Las fronteras nos ponen a salvo, sobre todo, de nuestras propias víctimas, esos daños colaterales de las políticas por otros medios, llevadas a cabo, en nuestro nombre, por quienes dirigen el mundo, los guardianes del enriquecimiento de los pocos a expensas del empobrecimento de los muchos. Las fronteras están para protegernos de todos aquellos que no han podido utilizar sus propias fronteras para protegerse de nosotros, de nuestros gobiernos, de nuestras empresas, de nuestro sistema político-económico.

Cultura de bienvenida.
La hospitalidad de nuestras naciones sólo puede ser considerada, finalmente, como un paripé y una impostura. En otras palabras, un simulacro. Las naciones que refugian en Europa a cantidades importantes de personas, sólo han acogido, en realidad, la mano de obra que podrán asumir, en el corto y medio plazo, según cálculos muy precisos. Estas mismas naciones ya han cursado las órdenes pertinentes para mantener a raya al resto de los refugiados, en sus respectivos confines.

A ese respecto, también nosotros hemos sido cosificados por la imagen, también nosotros nos hemos prestado a componer escenas fotogénicas. Muchas familias alemanas, recordemos, acudieron espontáneamente y de buena fe a las estaciones de tren o de autobús, a recibir con los brazos abiertos a las familias de refugiados. A exhibir sus pancartas de “Refugees Wellcome”.

Aquí en el País Vasco, y en España, hemos contribuido también a nuestro modo, a esta producción de simulacros. Aportando nuestra amplia experiencia en buenrollismo huero e inofensivo, internacionalismo de fin de semana y turismo humanitario.

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