OBJETO CULTURAL, OBJETO DE CULTO.

Especulaba en algún lugar hace algún tiempo, sobre la posibilidad de que hubiera más cultura en los buenos libros de arte, escritos por gente culta, por sagaces y preparados críticos e historiadores del arte, que en el arte que había dado origen a tan excelentes libros, sin cuya excusa, sin embargo, estos no se hubieran podido escribir. Podría ser, entonces, en contra de la idea más extendida, que la obra de arte no formara parte de la cultura. Que fuera otra cosa. A beneficio, precisamente, de su capacidad de provocar la emergencia de la especulación cultural, de instar a una producción cultural constante, de concitar texto.
Es obvio que la obra de arte remite a unos objetos y dispone de un contexto para la interpretación de esos objetos: la cultura. Quedando, sin embargo, a resguardo del carácter circunstancial o epocal, de la provisionalidad, podríamos decir, de la cultura misma. Quedando a resguardo incluso de la capacidad de la obra de arte de incitar a la modificación, ampliación o subversión del contexto en el que es posible como obra, del contexto que estimula la producción de contenido cultural a sus expensas.
Con cierta frecuencia, las obras de arte devienen inagotables. Parecería que la cultura se obsesiona y no puede evitar ocuparse permanentemente de ellas. Los referentes u objetos que contiene una obra, por presencia o por representación, no agotan la obra y no constituyen, en ningún caso su contenido. La más exhaustiva relación de los objetos contenidos en una pintura como, por ejemplo, “Las meninas” (personajes, animal, arquitectura y muebles) no da entera cuenta del contenido de la obra, se muestra incapaz de sustituirla satisfactoriamente. El contenido de la obra es más y otra cosa. Pero ese conjunto de objetos (y la significativa referencia de esos objetos a otros ausentes) sí es susceptible de orientar las obras de arte hacia ingentes segmentos de contenido. En cada época y cada vez que se acude a ellas. Incluso las “Ultimate paintings” de Ad Reinhardt, por irnos a otro extremo estético, han sido capaces de generar abundante literatura (por cierto, contra la prescripción del pintor). Lo que nos hace pensar que el contenido de una obra, el campo semántico que se le puede adjuntar, es indeterminable y, virtualmente, ilimitado.
Las obras de arte, o al menos, aquellas obras privilegiadas por la cultura como dignas de ser conservadas, no se amortizan nunca, nunca se acaban. Es este carácter al mismo tiempo inagotable e inescrutable lo que las convierte a menudo en objetos de culto. Esta incesante capacidad de estimular la búsqueda de sentido, su carácter de esfinges.
(Publicado inicialmente en el catálogo de Inmersiones 2016 Cultos).
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