“Apostasía del trabajo” pretende ser un acto de rebeldía contra la idea dominante de la moralidad intrínseca del trabajo. Lo que aquí se sostiene es más bien lo contrario, que no hay posibilidad de trabajo moral dentro de un sistema de apropiación privada de las plusvalías del trabajo. Y quizá, ni siquiera dentro de un sistema público. Nuestro sacrificio personal, la enajenación de nuestro tiempo a cambio de salario, servirá principalmente para alimentar a ese monstruo que es el capital, privado o público. Por medio del trabajo contribuiremos siempre a las condiciones de posibilidad de nuestra propia esclavitud.
Dice Guy Debord al respecto: «El trabajador no se produce a sí mismo, produce un poder independiente. El éxito de esta producción, su abundancia, vuelve al productor como abundancia de la desposesión.” (La sociedad del espectáculo. El filme: 1973). Es decir, cuanto más trabajo: más poderosos otros, más desposeídos nosotros.
Lo moral por tanto, sería trabajar cada vez menos o no trabajar nada en absoluto. Lo moral sería, en todo caso, no trabajar nunca a favor de la acumulación privada de capital, el insaciable enemigo que nos condena al trabajo. Ni trabajar tampoco para un estado a su servicio.
Si ello es posible, claro. Porque el trabajo es una de las dos caras de un dios ante el que palidecen los más poderosos. La otra cara de ese dios es el dinero, la representación entre otras cosas del valor del trabajo. La unión estrecha de dinero y trabajo resulta, al parecer, imbatible. Se trabaja por dinero y el dinero es lo que nos da acceso a los productos del trabajo. La economía consiste, por tanto, en poner a la venta la mayor cantidad de bienes y servicios, para generar los salarios que permitan adquirirlos. Al contado o a plazos. Así lo señalaba el mismísimo Henry Ford: “Quiero trabajadores bien pagados para que me compren mis coches”.
Pescadilla que se muerde la cola. Trabajar para vivir, vivir para trabajar. Todo, en teoría, al servicio del ser humano, todo, en teoría, orientado a la mejora de sus condiciones de vida sobre la tierra. A favor del ser humano, por supuesto, pero, por supuesto, sin el ser humano. Porque lo que se ha extraviado en ese largo proceso es precisamente el ser humano. Al sacrificar en el altar del trabajo la libertad de disponer de su posesión más preciada, su don constituyente, el tiempo de su vida, es la humanidad misma la que ha resultado finalmente sacrificada.
Todo discurso elaborado contra la indiscutible hegemonía del trabajo en la vida de los seres humanos, deberá adquirir necesariamente, entonces, la forma de una apostasía o de una invitación al deicidio. Empezando por uno mismo.
Ecuación tiempo y dinero.
Dependemos del tiempo y del dinero. Nos compran nuestro tiempo, comprometemos la mayor parte de nuestro tiempo en alguna clase de trabajo, a cambio de una cierta cantidad de dinero.
Hay una ecuación, entonces, en la que el tiempo queda a un lado y el dinero a otro, multiplicados o divididos ambos por factores secundarios: la edad, la cualificación o las competencias, la experiencia, la escasez relativa de cierto talento, y también, el sentimiento de utilidad, la realización personal por el trabajo, la acuciante necesidad, en definitiva, de poner en acto nuestras potencias particulares, etc.
Se puede dar el caso de que el tiempo de trabajo no sea tiempo perdido. Puede ser que el trabajo proporcione un contenido vital al tiempo. No digo que no. Puede que el trabajo “trabaje” a favor tuyo (sin duda hay trabajos de estos). Hay trabajos que colman, que otorgan sentido, profesiones y oficios que hasta pagaríamos dinero, si lo tuviéramos, por tener el privilegio de ejercer.
Y también pasa, y me temo que esto sea lo más habitual, también pasa exactamente lo contrario. Que el tiempo de trabajo sea irremisiblemente un tiempo de la vida echado a perder, o peor aún, dilapidado. Que el trabajo en sí no nos aporte personalmente nada.
Es tan malo el trabajo en tales casos que hasta pagan por ello. El dinero podría compensar, entonces, del tiempo malgastado o desperdiciado en ganarlo. Compensaría, por ejemplo, si aquel dinero se emplease en intensificar algún tiempo ulterior liberado (en hacer una escapada o un viaje, o en darse un tiempo sabático).
Puede ser, en efecto, que se perciba, se tenga la intuición poética podríamos decir, de que la vida está en otra parte (Rimbaud), no precisamente en el trabajo, y que esa vida dependa, no obstante, de esa enajenación de vida, de esa pérdida de tiempo de vida, que significa, en tales circunstancias, el trabajo. Se perderá conscientemente un tiempo ahora para liberar otro tiempo luego, para recuperar ese mismo tiempo más tarde, multiplicado. Así es como nos engañamos.
No se confunda tampoco en esto valor con precio. El tiempo de uno tiene un precio determinado en el mercado. Pero el valor de ese tiempo para su dueño puede ser, debería ser, en todo caso, infinito.
A mí personalmente el dinero nunca me ha compensado de esa pérdida de tiempo, el trabajo. En relación al trabajo tengo siempre la impresión de que salgo perdiendo, de que estoy siendo, para dejarlo claro de una vez, estafado. El valor de mi tiempo para mí mismo es muy alto (entre otras cosas, directamente proporcional al adelgazamiento de mis expectativas de vida). Percibo, por el contrario que su precio en el mercado ha sido siempre (y cada vez más), muy bajo. Entonces mal negocio. Dinero del trabajo que sólo da para mantenimiento y gracias. Para mantenimiento de esa triste condición de vendedor de tiempo, del poco tiempo que le va quedando a uno.
Terrible paradoja: perder el tiempo en el trabajo, emplear el limitado tiempo del que uno dispone, en una actividad, el trabajo, necesaria, según parece, para vivir. Olvidando, queriendo olvidar, que la vida se nos ha ido, se nos está yendo, por ese mismo sumidero.
Necesitamos más apóstatas del trabajo. Para compensar.
La apostasía del trabajo es, en el fondo y en la superficie, un postura moral, es el necesario antídoto simbólico al becerro de oro, al falso ídolo del trabajo.
Porque:
- La tecnología está destruyendo más empleos de los que está creando (considerando por tanto que el saldo neto de empleo es crecientemente negativo).
- Hay un número creciente de trabajadores a los que se extorsiona para trabajar gratis (horas extras no pagadas) o a los que se paga por debajo de lo que cuesta la vida (trabajadores pobres).
- «Tener grandes cantidades de personas sin un trabajo seguro ayuda a mantener a raya a quienes tienen un empleo» (Owen Jones dice).
Escupir al trabajo a la cara es, dadas las circunstancias, abrir una brecha moral en un sistema inmoral, desfachatadamente inhumano.
El trabajo de hace libre… de elegir entre las cadenas y la exclusión.
Ahora que el precio de la fuerza de trabajo va en caída libre. Ahora que trabajar ya no te saca de la pobreza. Ahora que el trabajo no te proporciona ni la ilusión de dignidad personal. Ahora que el salario no llega ni para la subsistencia. Ahora, sí ahora, que te hacen pagar hasta las balas con las que te van a matar. Ahora es cuando se aclara el panorama. Ahora es cuando se puede ver por fin el desierto de lo real: las relaciones de clase en toda su crudeza.
Trabajando eres pobre, haciendo ricos a terceros que cada vez te hacen más pobre para que les hagas cada vez más ricos. Y si formas parte del paro estructural, eres menos que pobre, eres lo perfectamente excluible, el sobrante social.
Terrible disyuntiva moral. Si trabajas malvives para perpetuar a tu opresor en la vida. Si no puedes o no quieres trabajar no tienes ni derecho a esa vida. Pero por lo menos no contribuyes al enriquecimiento de tu opresor.
¡Abajo el trabajo! quiere decir, abajo el trabajo alienante, inhumano, empobrecedor, antiecológico, anticultural, antisocial. Si aceptas esta norma de conducta, tienes que saber a qué te expones. Si no contribuyes al enriquecimiento del amo puede que al amo le dé por empezar a considerar «que tu vida es indigna de ser vivida». El amo no tolera «parásitos» ni «malos ejemplos». El que no trabaja no come. Al que no puede o no quiere (tanto da una cosa como la otra) trabajar, no se le debe permitir que siga ofreciendo ese espectáculo corruptor: el de la ociosidad, el de la libertad.
«Arbeitslosen macht frei». El desempleo te hace libre. Esa es la verdad que te obstinas en no querer ver, en no querer pensar.

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