Apostasía del trabajo (2015).

“Apostasía del trabajo” pretende ser un acto de rebeldía contra la idea dominante de la moralidad intrínseca del trabajo. Lo que aquí se sostiene es más bien lo contrario, que no hay posibilidad de trabajo moral dentro de un sistema de apropiación privada de las plusvalías del trabajo. Y quizá, ni siquiera dentro de un sistema público. Nuestro sacrificio personal, la enajenación de nuestro tiempo a cambio de salario, servirá principalmente para alimentar a ese monstruo que es el capital, privado o público. Por medio del trabajo contribuiremos siempre a las condiciones de posibilidad de nuestra propia esclavitud.

Dice Guy Debord al respecto: “El trabajador no se produce a sí mismo, produce un poder independiente. El éxito de esta producción, su abundancia, vuelve al productor como abundancia de la desposesión.” (La sociedad del espectáculo. El filme: 1973). Es decir, cuanto más trabajo: más poderosos otros, más desposeídos nosotros.

Lo moral por tanto, sería trabajar cada vez menos o no trabajar nada en absoluto. Lo moral sería, en todo caso, no trabajar nunca a favor de la acumulación privada de capital, el insaciable enemigo que nos condena al trabajo. Ni trabajar tampoco para un estado a su servicio.

Si ello es posible, claro. Porque el trabajo es una de las dos caras de un dios ante el que palidecen los más poderosos. La otra cara de ese dios es el dinero, la representación entre otras cosas del valor del trabajo. La unión estrecha de dinero y trabajo resulta, al parecer, imbatible. Se trabaja por dinero y el dinero es lo que nos da acceso a los productos del trabajo. La economía consiste, por tanto, en poner a la venta  la mayor cantidad de bienes y servicios, para generar los salarios que permitan adquirirlos. Al contado o a plazos. Así lo señalaba el mismísimo  Henry Ford: “Quiero trabajadores bien pagados para que me compren mis coches”.

Pescadilla que se muerde la cola. Trabajar para vivir, vivir para trabajar. Todo, en teoría, al servicio del ser humano, todo, en teoría, orientado a la mejora de sus condiciones de vida sobre la tierra. A favor del ser humano, por supuesto, pero, por supuesto, sin el ser humano. Porque lo que se ha extraviado en ese largo proceso es precisamente el ser humano. Al sacrificar en el altar del trabajo la libertad de disponer de su posesión más preciada, su don constituyente, el tiempo de su vida, es la humanidad misma la que ha resultado finalmente sacrificada.

Todo discurso elaborado contra la indiscutible hegemonía del trabajo en la vida de los seres humanos, deberá adquirir necesariamente, entonces, la forma de una apostasía del trabajo. Apostasía del trabajo es una invitación al deicidio simbólico, empezando por uno mismo como trabajador.