
El sábado 18 de enero de 2025 el artista Rubén Díaz de Corcuera dictó una conferencia en el espacio Zas (plaza de San Antón, 2) de la capital alavesa sobre la muerte en el arte (en las artes plásticas para ser exactos). Actividad algo peculiar no tanto por el tema escogido como por el propio formato. Una conferencia sin duración determinada, una especie de conferencia maratón. La charla empezó a las 10:30 de la mañana y pretendía acabar cuando el ponente se quedase sin imágenes. O antes que eso, sin fuerzas o sin voz (lo que no llegó a ocurrir).
“Hoy en día se habla poco de la muerte y me gustaría compensar esta situación anómala”, explicó el artista en fechas previas. “Como conferenciante tiendo por lo general a alargarme más de la cuenta. Este sábado intentaré hacer de este defecto una virtud. La conferencia durará lo que tenga que durar. El tiempo exigido por el tema. No voy a hacer concesiones a la audiencia a este respecto y no me importa cruzar la meta, es decir llegar al final de la charla, en soledad absoluta, sin público ni aplausos”.
Una especie de maratón para el conferenciante. Para la audiencia más bien una carrera de relevos. Ya que se permitía a los asistentes incorporarse a la charla o abandonar la sala en cualquiera de los recesos previstos (entre capítulo y capítulo).
El ponente comentó más de 600 imágenes del arte de todas las épocas (antiguo, moderno y contemporáneo) ordenadas según su correspondencia con los antiguos tópicos literarios de la muerte: Hora nigra (hora negra), Quis evadet? ¿quíén escapará?, Triumphus mortis (el triunfo de la muerte), Omnia mors aequat (la muerte iguala a todos), Pulvis es (polvo eres), Vallis lacrimarum (valle de lágrimas), Vanitas vanitatum (vanidad de vanidades), Contemptus mundi (desprecio del mundo), Homo est bulla (el hombre es una pompa), Tempus fugit, vita brevis (el tiempo huye, la vida es breve), Memento mori (recuerda que morirás), Ubi sunt qui ante nos in hoc mundo fuere? (¿dónde están quienes vivieron antes que nosotros?), Non omnia morientur (no todo morirá), Victoria supra morte (victoria sobre la muerte), Carpe diem (aprovecha el momento), Finis gloria mundi (final de la gloria de este mundo) y Ars moriendi (el arte de morir) capítulo final de la conferencia dedicado específicamente a la muerte del artista.
Lo que aguantó el cuerpo del conferenciante fueron exactamente ocho horas y veinte minutos, 8 horas y 20 minutos.
Sobre el contenido de la charla.
Interesa al autor de la conferencia mostrar los principales hitos en la representación de la muerte en todas las épocas y estilos del arte occidental. A cada época corresponde un estilo dominante de presencia o representación. El esqueleto, por ejemplo, era para los romanos una marioneta festiva. Representación de la muerte pero no en contextos funerarios sino báquicos. Es también en este momento cuando esqueletos y calaveras, sin connotaciones macabras, se incorporan a la iconografía de la muerte, para no abandonarla más. En la Edad Media el esqueleto comienza a personificar una muerte tan grave como festiva (Las danzas de la muerte). El triunfo de la muerte es un tema recurrente de esta época de crisis. La muerte de Cristo en la cruz, durante la larga época en que la iglesia fue el principal comitente de pintores y escultores, es la escena más representada de la historia del arte. Todas las crucifixiones se parecen, todas son reconocibles como crucifixiones. Pero las de los grandes artistas incorporan interesantes matices de diferenciación. A partir del Renacimiento empiezan a interesar las enseñanzas que puedan extraerse de los cadáveres (lecciones de anatomía para el arte y la medicina). En el Barroco la mención a la muerte resulta obsesiva (en el Tenebrismo, por ejemplo, abunda la representación descarnada de los grandes crímenes de la historia bíblica). Las Vanitas mencionan a la muerte tanto de forma directa como alegórica. Durante los siglos de las revoluciones y de las contrarrevoluciones (XVIII y XIX) el público y el nuevo gran cliente, el Estado, gustan de las representaciones heroicas, la muerte patriótica. Aparecen en escena representaciones de los crímenes políticos (asesinatos y ejecuciones). El Romanticismo abunda en el intrínseco interés estético de la muerte, su carácter de experiencia límite e inefable. Con este movimiento entra en escena, por ejemplo, la representación estética del suicidio y la del duelo de honor. La revolución fotográfica tuvo una inesperada consecuencia en la representación de la muerte: en los albores de esta nueva era aparece la fotografía post-mortem. La primera mitad del siglo XX contempla dos guerras mundiales, la introducción de la aviación y el gas venenoso en los campos de batalla, las instalaciones de exterminio, la bomba atómica y el gulag. Junto a verdugos y víctimas, entre victimarios y personas asesinadas a escala industrial, artistas dando cuenta de la actualidad permanente de la muerte. A partir de la segunda mitad del siglo XX y hasta la actualidad asistimos a una reacción contraria, una represión generalizada de las manifestaciones públicas de los particulares sobre el desagradable extremo final de la vida: la enfermedad, la senescencia y, finalmente, la propia muerte. A toda represión sucede la aparición de representaciones banales (una especie de pornografía de la muerte como señalaba Geoffrey Gorer). “En la sociedad del espectáculo la muerte ha logrado convertirse en lo radicalmente Otro que le sucede a Otro” (Alonso y Marful). Se produce entonces un renovado interés del arte contemporáneo por el tema, como capítulo fundamental de un pretendido retorno de lo Real. Añoranza de autenticidad que se expresa en la frecuentación de la escatología y en los intentos de renovación expresiva del género.
